martes, 21 de marzo de 2017

EL INEE Y LAS MATEMÁTICAS EN 2017 * Wenceslao Vargas Márquez


EL INEE Y LAS MATEMÁTICAS EN 2017
Wenceslao Vargas Márquez

El INEE recién ha publicado una revisión de los contenidos curriculares de la materia de matemáticas en todos los niveles de educación obligatoria en México, desde preescolar hasta el bachillerato en un libro titulado Estudio comparativo de la propuesta curricular de matemáticas. La materia, como se sabe, es el dolor de cabeza de docentes, alumnos, padres y autoridades (nacionales y transnacionales).
El dolor de cabeza radica, entre otras miles de razones, en que no abundan los pedagogos que se especialicen en los problemas de la enseñanza-aprendizaje de la materia. Quien hace de la pedagogía su materia de estudio rechaza, en la mayoría de los casos, involucrarse con Matemáticas por ‘difícil’; así, los pedagogos matemáticos no abundan.  

El INEE decide ahora interesarse por la calidad del diseño curricular de las Matemáticas pero para hacerlo no tiene herramientas y necesita hacer una adaptación. La página 12 de la Introducción explica la estructura del trabajo hecho y firmado en este año 2017. Dice: “En el capítulo 3 se expone en detalle el análisis descriptivo y valorativo de la calidad del diseño curricular de Matemáticas de los cuatro niveles escolares de la educación obligatoria en México, para lo cual se hizo una adaptación (sic) de los criterios de calidad establecidos por el INEE al área de Matemáticas”.  

El INEE hace la revisión curricular en comparación con tres países: Chile, Corea del Sur e Inglaterra. El texto tiene una extensión de 332 cuartillas. En la página 148 aparece el análisis del currículo de matemáticas del Bachillerato Tecnológico, que es del único del que puedo emitir una opinión. La revisión curricular de las matemáticas la hace con planes y documentación que tiene un retraso de ocho años, dato perfectamente notorio pues se fecha el crédito documental como SEP 2009.

Ese plan 2009 contiene una estructura ya superada: Álgebra en primer semestre, Geometría y trigonometría en segundo, Geometría analítica en tercero, Cálculo en cuarto, Probabilidad y estadística en quinto y Matemáticas aplicadas en sexto. Este programa 2009 desapareció porque cuando nos llegó a los docentes reclamamos que es perfectamente imposible, con las reglas de juego vigentes, enseñar Cálculo (a secas) en un solo semestre. Implicaba enseñar Cálculo Diferencial e Integral (derivadas e integrales) al mismo tiempo, en el mismo semestre. Un docente me platicó su experiencia de que para cumplir con el semestre proponía en su clase una función cualquiera (algebraica, trigonométrica, logarítmica) y, en la misma clase de 50 minutos, hacía su derivada y, al concluirla, resolvía la integral. Por supuesto que armó el caos más bello del mundo. En la práctica los docentes enseñábamos Cálculo Diferencial en cuarto semestre y el quinto semestre (dedicado a Probabilidad) lo partíamos para allí enseñar Cálculo Integral a escondidas y dedicar algún tiempo sobrante a la Probabilidad y a la Estadística.

Este obsoleto plan de estudios 2009, ya desechado, es el que analiza el INEE en 2017 con herramientas adaptadas (sic). Al docente de matemáticas en el bachillerato tecnológico este estudio del INEE no le sirve más que para un acercamiento a la arqueología del conocimiento bajo la firma de Foucault. Un día el Altísimo iluminó a los encargados de los planes y devolvieron la estructura tradicional con Cálculo Diferencial en cuarto semestre y Cálculo Integral en quinto, Probabilidad y Estadísticas en sexto y las Matemáticas Aplicadas como materia optativa separada. Al parecer el INEE no está enterado de esto porque se pone a estudiar un plan de hace ocho años. Mala onda, nadie les avisa.

El INEE llega a las conclusiones en el capítulo 4. Las divide en seis apartados. En el primero, sobre la relevancia y el sentido de las matemáticas en el currículo, concluye el INEE (p.304) que en la Educación Media Superior hay un “divorcio entre lo declarado en el discurso del modelo educativo y los contenidos de enseñanza”. En el tercero, “hay discrepancia entre el discurso general y la propuesta de contenidos”; en el sexto, “no hay articulación adecuada en los contenidos específicos que se abordan en los dos niveles (secundaria y bachillerato) ni tampoco en la estructura de los programas”.

Al final el INEE nos da tres conclusiones generales (p.309). En la conclusión 2 se acepta que “el diseño del currículo mexicano presenta deficiencias importantes (respecto del cumplimiento de los criterios de calidad en todos los niveles escolares)”. No dice el informe en qué medida estas deficiencias curriculares inciden en los resultados de Pisa y Planea (antes Enlace). Al parecer se quiere seguir manteniendo la idea oficial de que las responsabilidades por las fallas son enteramente responsabilidad de los docentes. Me entero por el documento de un curioso dato que no tenía: en preescolar la meta es que el niño sepa contar hasta 20.

Estamos a la espera de lo que diga de manera definitiva la autoridad educativa. En la página 83 (de 215 cuartillas) del nuevo modelo educativo (NME) presentado por la SEP el lunes 13 de marzo último aparece, para el bachillerato, una columna titulada Asignaturas, áreas y ámbitos. La lista desconcierta tanto por la temática como por el orden. Nótese: Álgebra, Aritmética, Cálculo, Trigonometría, Estadística.

La Aritmética vuelve al bachillerato según el NME presentado el 13 de marzo. Había sido eliminada bajo la justificación de que se estudia en la secundaria y la primaria. Vuelve a ser enlistada quizá porque ha sido evidenciado que el primer día de clases en bachillerato apenas 5 de 50  alumnos pueden presentar correctamente el resultado de sumar 2/3 más 4/5. Es excepcional el alumno, o no lo hay, que sepa el primer día de clases que esta operación es la misma que a/b más c/d, esto es decir, que en ambas se usa estrictamente el mismo algoritmo. Les sorprende enterarse.

Enseguida aparece en el NME el Cálculo (¿unificado de nuevo, o es una mención general simultánea para las dos ramas del Cálculo Infinitesimal?) y luego la Trigonometría y al final la Estadística sin la Probabilidad. Igualmente desconcierta el orden de mención por las mismas razones pues la Trigonometría (de raíces griegas y babilonias y egipcias) se ha explicado en segundo semestre y el Cálculo (del Renacimiento y la Ilustración) en cuarto y quinto. ¿Por qué la inversión del orden?
Portada de mi ejemplar electrónico de Ars Magna, de Cardano.
El orden en la mención de las materias en el NME desconcierta (repito: Álgebra, Aritmética, Cálculo, Trigonometría, Estadística) porque en todos los planes de estudio conocidos a la fecha, y por mandato del sentido común, primero aparece la Aritmética (manejo de cantidades conocidas) y luego el Álgebra (manejo de cantidades desconocidas). Hay también razones históricas: la Aritmética fue griega, socrática y presocrática; el Álgebra fue medieval, el Álgebra superior (universitaria, con sus ecuaciones de tercero, cuarto y quinto grados) fueron territorio italiano en los siglos XV y XVI con Dal Ferro, Cardano, Nicolo Fontana y otros. A Fontana le apodaban sus amigos y enemigos Tartaglia, por tartamudo.

Los griegos fueron gigantes en Filosofía y Aritmética pero luego dejaron lápices y libretas y se dedicaron a los juegos olímpicos; los italianos fueron gigantes en Álgebra superior pero luego abandonaron los libros y la regla de cálculo y se dedicaron a la cantada y al futbol.

Muchachos estos, relajientos, como los de primero C.  
Twitter @WenceslaoXalapa

  

domingo, 5 de marzo de 2017

CARLOS MÉNDEZ ALCALDE, MASÓN * Wenceslao Vargas Márquez


CARLOS MÉNDEZ ALCALDE, MASÓN

Wenceslao Vargas Márquez


En junio la masonería moderna cumplirá tres siglos de fundada. Dio sus primeros pasos en junio de 1717 en Londres al fundarse cuatro logias que fueron la matriz de la masonería moderna en todo el mundo.


Su perfil institucional tuvo variantes según el país y el continente donde ha actuado. En Europa tuvo un cariz más reflexivo, en los Estados Unidos un perfil mayormente de beneficencia. En Latinoamérica su perfil más notorio fue el político. En México el siglo XIX estuvo lleno de actividades masónicas privadas que eran la matriz de las actividades públicas de los políticos.


A pesar de haber sido guía de muchas de las decisiones nacionales, ha sido poco estudiada. Sólo en años recientes algunas universidades y algunos pocos estudiosos le han empezado a dar la importancia histórica que tiene. Hoy las logias y la masonería vive de glorias pasadas, profundamente dividida. La historia de la masonería en el estado de Veracruz y Xalapa tiene cosas que explicar y que han estado hasta ahora escondidas.


¿Cómo fue posible la unión de un político revolucionario como el gobernador (1924-27) veracruzano Heriberto Jara Corona y un escritor como Manuel Maples Arce, creador de la corriente literaria mundial denominada estridentismo? Ahora sabemos que el impulso que ambos le dieron al movimiento en 1926 se debió a que en enero de ese año Jara nombró a Maples Secretario General de Gobierno, que en junio Jara ingresó a la logia Fraternidad No. 11 de Xalapa y que en julio Maples hizo lo propio. En ese mismo año arrancó la publicación de la revista emblema del movimiento: Horizonte.  La doctora Elissa Rashkin, investigadora de la Universidad de Iowa y de la UV seguramente tendrá aquí muchas respuestas a preguntas de investigación que se ha hecho. El estridentismo sigue vigente en lo internacional, en el teatro universitario (Estridentópolis, en La Caja, Xalapa) y como columna vertebral de la novela Los detectives salvajes, del chileno Roberto Bolaño.   


Hoy revisaremos una microhistoria de la masonería veracruzana en la persona de Carlos Méndez Alcalde. Nació en 1877 en Xalapa y murió en 1947. Sus padres fueron Manuel Ausencio Méndez y Aurelia Alcalde, descendiente de Ambrosio Alcalde. (Sigo aquí a Francisco Illescas y a Juan Bartolo Hernández). En 1908 se graduó de ingeniero. En 1917 fue diputado constituyente (local) por Paso del Macho. Fue secretario general de gobierno bajo Adalberto Tejeda en 1920-23. En 1923 fue designado gerente de la compañía Luz y Fuerza y Transportes, propiedad de norteamericanos.


En 1926 elaboró un proyecto para introducir agua desde el Pixquiac. A partir de 1928 fue docente en la Normal y en la escuela preparatoria impartiendo álgebra, geometría y cálculo infinitesimal. En 1967, siendo gobernador Rafael Murillo Vidal y presidente municipal Othoniel Rodríguez Bazarte se dispuso que la calle de la Rosa de la colonia Salud llevara su nombre como Ingeniero Carlos Méndez Alcalde en el código postal 91050. Hay también al menos una escuela primaria con su nombre.


Hemos podido hallar su actividad masónica en las más de un millar de páginas (1272 páginas) que contienen la tesis titulada Catalogación del archivo de la Gran Logia Unida Mexicana 1900-1930, que para obtener el título de licenciada en historia presentó Érika Guerrero González en la Universidad Veracruzana en el año 2014, bajo la dirección de Julieta Arcos Chigo.

En la catalogación Méndez Alcalde aparece tres veces. En primer lugar (p. 268) en Carta de la logia Concordia No. 5 dirigida a la Gran Logia Unida de México, con plancha número 85, se adjunta copia certificada de la resolución dictada por la Comisión de Justicia en el expediente por la acusación de la logia Pleno Día No. 16 en contra de los hermanos Carlos Méndez Alcalde y Amador Zafra por el delito de traición el 15 de febrero de 1921 firmando el maestro Azuara y secretario Humberto Tamborell.


Después (p.275), en carta a la logia Concordia No. 5, se informa con plancha No. 34 de haber recibido el expedientillo (sic) de la acusación de la logia Pleno Día No. 16 contra los hermanos Carlos Méndez Alcalde y Amador Zafra al que se agrega el desistimiento de la Logia acusadora. Se hace desde el oriente de Jalapa, Ver., con fecha 10 de junio de 1921. No tenemos más datos del motivo del conflicto que originó la queja de la logia y cuál fue la causa de que la propia logia se desistiera. No dudamos desde estos renglones el que la favorable situación política de Méndez haya propiciado una solución rápida al conflicto.


En otro momento (p. 345) hay una carta de la Logia  Unida Mexicana de Libres y Aceptados Masones, al hermano Carlos Méndez Alcalde: “la presente es en vuestra ayuda junto con  Dr. Capistro y Cáceres y la Alta Cámara para evitar la clausura de la Escuela Secundaria para varones”. Se firma en el oriente de Jalapa el 30 de noviembre de 1921 por el maestro R. B. Márquez y el secretario M. Hernández. Los tres documentos hallados son del año 1921 cuando Méndez Alcalde tiene 44 años de edad y es colaborador de Adalberto Tejeda en la secretaría general de gobierno.


Quizá este trabajo de tesis de la Universidad Veracruzana sea desconocido para los masones de las logias y grandes logias de Xalapa y puerto de Veracruz. Contribuir a la desconocida historia de las logias no requiere de grandes conocimientos ni de grandes nombres nacionales o internacionales. Hay microhistorias de interés local y regional que merecen salir a la luz para oxigenar el ambiente enrarecido por el encierro en cuatro paredes, con más razón cuando se acerca a paso rápido la celebración masónica del tricentenario.

Twitter  @WenceslaoXalapa


domingo, 26 de febrero de 2017

Del libro Uno nunca sabe - Wenceslao Vargas Márquez 2011

En España, el autor Andreu Martín tuvo la gentileza de mencionar mi libro de cuentos Uno nunca sabe (2011), en el suyo, titulado Cómo escribo novela policíaca, en una lista de autores de diversos países que escribimos sobre la violencia (la violencia del Estado, la violencia en el amor, la violencia en la literatura). Andreu Martín anotó en Cómo escribo novela policíaca. Guía del escritor (Barcelona, 2015): "La obra (de Wenceslao Vargas Márquez) consta de 46 cuentos breves, donde el autor nos ofrece historias crueles, llenas de desamparo, de violencia física y simbólica". 
    

***


Cortarle las uñas al nene

La señorita Romanescu desempeña sus labores primorosamente.
No se puede negar. En ausencia de los señores  PQ atiende con mucho cariño  al hermoso bebé,  hace la papilla, plancha los pañales, prepara las botellas. A pesar de eso, a veces le desespera el  llanto del nene. Hoy,  por ejemplo, él ha llorado más que otras veces  y  el llanto imparable le ha causado preocupación. Hoy, también, ella ha sentido un extraño sopor que bien puede ser ocasionado por el calor o por el trabajo de cuidar al nene. Después del momentáneo mareo que le ha agobiado los últimos días,  ha encontrado entre los ropones y las piyamas, unas gasas pegajosas y unas tijeras llenas de sangre. Pesadamente lava todas las manchas y se extraña de que el niño llora cada vez más y más hasta casi asfixiarse.
De pronto, alguien llama a la puerta. La señorita Romanescu se asoma por la ventana corriendo un poco la cortina para asgurarse que el visitante no vaya a ser alguien que pretenda hacerle daño al niño. Mira a un señor que se identifica con una credencial  arrugada y borrosa.
Es un vendedor de traje gastado y ligeramente desaseado. Ella lo hace pasar y él se presenta como el señor Stephen Misklotas, agente de la distribuidora local de la Compañía Würtenberg.
–Hoy le traemos –dijo el señor Misklotas–, un producto ideal para ayudarle en el fatigoso y delicado trabajo que es cortarle las uñas al niño. Como lo puede ver usted, es una especie de guante metálico en el extremo de cuyos dedos hay estas pequeñas navajas con la apariencia de un sacapuntas. Su modo de operación y una descripción más detallada puede encontrarlos en el instructivo. Los hay eléctricos y, si desea uno más económico, disponemos de algunos ejemplares mecánicos.
La señorita Romanescu aceptó, convencida, el guante cortaúñas mientras sentía esa agitación, nuevamente ese mareo fatigoso que la transfigura y que asusta al señor Misklotas que se despide asustado, también, por el llanto del nene, quien no ha dejado de llorar en la habitación contigua. A solas, la niñera recuerda las tijeras abandonadas, la sangre, las gasas purulentas, las constantes ausencias del matrimonio PQ. Por ahora esperaría a que terminara de entrar la noche para practicar con el guante eléctrico. Después de todo es una buena inversión que agradará sin duda a la señora PQ y a su esposo cuando regresen dentro de unos días. Decide deshacerse de las tijeras, de esas tijeras que hacen que se derrame mucha sangre, que hacen que el nene llore sin cesar todo el  día hasta casi asfixiarse, de esas gasas  fétidas con que pretende inútilmente limpiar todo, limpiar la cuna, los ropones, las manos, el babero, la boca del nene quien llora hasta ahogarse. Nada mejor que el guante metálico para olvidarse de sus vértigos momentáneos, para echar al olvido el llanto que se incrementó hace unos minutos y que ahora se apaga lentamente mientras el bebé palidece y se asfixia.
Olvidarse del llanto terrible que se oye cada vez más lejos y que ha hecho tan complicada la tarea –que se le ocurrido hoy– de cortarle los dientes al nene.

***

Vasito de cortal cristado

Lo primero que vio el hombre de verde desde el lugar en que estaba apostado fue el tropel de unos perros asustados por el silbato de la bicicleta. Enseguida distinguió la bicicleta y al joven E. silbando alegremente, ajeno al mundo, contento y sudoroso. A medida que E. se acerca al hombre de verde este levanta, con disimulo, lentamente, un leño enorme y rugoso. Al pasar justo frente a él terminó de enarbolar el madero y lo descargó violentamente en la nuca de E. que se fue de bruces, inconsciente. Rápidamente, aprovechando la penumbra del crepúsculo, hizo girar boca arriba al cuerpo caído. Buscó entre sus ropas un aparatito metálico, brilloso, que se calzó ágilmente en el pulgar de la mano derecha. Con la izquierda abrió el ojo derecho de E. y aplicó el metal frío en la pupila dormida. Hincó el filo y se derramó el humor viscoso que manchó la comisura, los párpados, y que comenzaba a escurrirse hacia la oreja. Sin perder tiempo acercó los labios para succionar el humor espeso y amarillo. Succionó con fuerza. Levantó la cabeza  limpiándose con el dorso de la mano. La luz del día se iba y, apurado, cruzó sobre el cuerpo exangüe y repitió la operación con el otro ojo, frío y sin luz de E. Ésta vez no aplicó ávido sus labios manchados por la viscosidad del humor vítreo sino que rápidamente sacó de sus ropas manchadas de sudor un pequeño vaso para recogerlo. Fatigosamente recuperó la mayor parte del líquido amarillo untado en la sien del muchacho caído. Guardó ceremoniosamente en el bolsillo del pantalón el vasito de cortal cristado, levantó la cabeza para mirar a los lados y, al no encontrar a nadie brincó sobre la bicicleta arruinada, apartó con las manos la maleza y se perdió sigilosamente detrás de la dura oscuridad.


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Medalla de oro


Claro. Pero te debes acordar de la fotografía enorme que está en mi departamento. La de los Juegos Olímpicos. La que está en la pared más cercana al sofá. Exactamente. La del esquiador de los juegos olímpicos de invierno. Ajá. Tiene un traje rojo con muchos anuncios en todo el cuerpo y gafas negras para el sol. Bien. El esquiador que estoy viendo ahora con mis prismáticos es el mismo. En los Juegos Olímpicos que te digo obtuvo medalla de plata. Ahora espera ganar la de oro. Es atlético, bien proporcionado, está en lo alto de la rampa listo para salir. El esquiador respira profundo. Tensa los músculos. Dobla las piernas para ganar impulso. Espera el disparo del juez, que está a unos pasos. Pero el disparo no sonará nunca, ni el esquiador lo escuchará jamás porque sus piernas inútiles no le ayudan a alejarse violentamente de ese sueño suyo que es la medalla de oro: es que el juez no tiene en las manos una pistola negra que disparará para señalar el inicio de la carrera. Lo que tiene en lo alto es un hacha sangrienta que quiere descargar, violentamente, sobre la musculosa espalda del atleta.


***

Quisiera un castillo sangriento



Je voudrais un châteu saignant.
Julio Cortázar

Es una mezcla de desdén y violencia de pájaros.
        ¿Vas a dejarme así? –dice Alicia mientras golpea la mesa nuevamente y hace caer el castillo.
Alicia pregunta y Pablo no contesta. Él se dedica a observar cómo se parte el castillo de colores, hace un gesto de enfado y vuelve a mover los dedos sobre las ruinas regadas en la mesa. Coloca los ladrillos azules sobre el perímetro negro marcado en el cartón. Es una raya negra y gruesa formando un rectángulo. Pablo vuelve a empezar. En silencio recoge otro ladrillo azul.
        ¿Piensas dejarme así? –pregunta Alicia.
Con la mano izquierda extendida sobre la mesa, Pablo levanta un poco la vista y mira a Alicia con una mezcla de amor antiguo y perro encadenado. Cierra el perímetro con ladrillos azules. Ahora toma fichas rojas. Empieza a encimarlas siguiendo el plano mientras escucha a Alicia. Cierra de nuevo el perímetro y toma ahora fichas amarillas. Alicia guarda silencio mientras, con dos dedos, Pablo levanta poco a poco la cúpula del castillo y la hace descender con cuidado. Toca el techo suavemente. Alicia grita otra vez y da de nuevo un manotazo.
        Pablo, ¿quieres dejarme así?
El castillo vuelve a caer partido en cementerios de colores. Pablo mira a Alicia con una mezcla de nostalgia compartida y perro echado. Se impacienta, levanta la vista y le pregunta:
        ¿Qué te pasa?
        Pablo ¿piensas dejarme así?
        ¿Cómo así, Alicia?
     Pues... así... sola... yo todo te lo he dado. Todo lo mejor que he tenido. Te  aprovechaste de y destrozaste mi vida. Pablo baja la vista.  Se lleva la mano izquierda a la frente.
Toma nuevamente una primera ficha azul y la acomoda en la esquina del rectángulo. Le tiembla el pulso mientras toma otra. Ella insiste:
        ¿Vas a dejarme así?
        Mira... las... lo que ha pasado, es cierto.... fuiste mía, pero...
        Pero ¿qué?, ¿no me lo pediste?
        La culpa es de los dos –dice él convencido mientras coloca un ladrillo rojo.
        Mira, Pablo: yo no te voy a molestar, pero ayúdame. No me dejes así.
Pablo encoge el brazo derecho empuñando otra ficha. Su mano izquierda está extendida. Escucha la súplica con una revoltura de amor arrepentido y perro suelto. Ella añade:
     Quiero que me dejes algo de qué vivir. No voy a molestarte. Nunca más sabrás de mí, Pablo, pero ayúdame...
Pablo mira el castillo. Mueve el brazo derecho para acomodar otro ladrillo rojo.
        ... ¿o vas a dejarme así?
Pablo oye la súplica y mira al soldado con una mescolanza de dicha ida y perro incorporado y luego la mira a ella con una revoltura de perro muy  furioso y niña cerca. Alicia mira a Pablo y deja caer su puño sobre la mesa preguntando:
        Contéstame, Pablo ¿piensas dejarme así?
El castillo vuelve a caer. Pablo respira profundo y toma lentamente otro primer ladrillo azul y lo coloca sobre la esquina del rectángulo negro mientras, nervioso, golpea con la punta de los dedos la mesa de madera.
        Alicia: sabes que no tengo dinero. Lo único de valor que puedes ver es el soldado de oro que está allí. Es una herencia familiar.
        Está bien, Pablo. No creas que es ambición. Con eso me conformo.
        Mira: está pesado. Lo voy a limpiar y a envolver en mi recámara. Cuando esté listo te llamo.
        Ajá. ¿Te puedo dar un beso?
        Claro –dice Pablo, y siente en la mejilla el beso frío, tan tibio en otros tiempos, que le parece una mezcla de perro repentino y niña muerta. Toma la cúpula azul y la acomoda en lo más alto del castillo. Mira a Alicia y le pregunta.
        ¿Ya no lo vas a derribar?
        Ya no.
        Espero que sea cierto.
        Eres mi mejor amigo. Nadie haría lo que haces por mí.
        Desde luego –dice él.
Pablo sale hacia la recámara. Mientras está a solas con el soldado de oro se convence de que todo está terminado. Limpia la mochila. Se da tiempo limpiando la bayoneta como queriendo arrepentirse. Llama a Alicia mientras termina de pulir las botas. Toma con fuerza al soldado entre las manos y, alzándolo, se esconde tras la puerta. Alicia entra, da tres pasos y siente el primer golpe en la nuca.
        ¡Toma tu soldado! –grita Pablo.
Ella trastabilla  y  huye. Pablo la alcanza. Tropiezan con un florero y el segundo golpe se pierde en el aire. Alicia busca la salida y bruscamente tira el castillo otra vez, desesperada por vivir. Pablo golpea de nuevo.
        ¡Trágatelo! ¡Trágate el soldado!
Ella cae y queda en el suelo boca arriba. Pablo le golpea la cara con el soldado de oro ensangrentado mientras ella siente que la vista se le nubla y pierde fuerzas. Sólo atina a levantar levemente las rodillas, a esconder vagamente las manos mientras Pablo golpea otra vez.
        ¡Cómetelo, trágate el soldado!
Pablo descansa el brazo. Pablo vuelve a golpear, golpe tras golpe vuelve a golpear. Se sienta después en un sillón cercano. Alicia le lanza a Pablo una mirada simultánea de muñeca embarazada y hojas secas. Pablo recoge el florero y las fichas de colores. Extiende el cartón rayado que tiene dibujado el perímetro negro del castillo.
        Pablo, ayúdame...
Pablo mira a Alicia por última vez con una mezcla de odio molido y perro ensangrentado.
        ... ¿o piensas dejarme así?
Sabe que va a morir. Pablo también lo sabe y sigue en silencio mientras se le escurre una lágrima. Recoge y limpia al soldado. Acomoda un ladrillo azul.

***



El  viaje que  nos  tiene  encadenados. 

Miro a lo lejos la autopista entera, miro la curva que me espera. Examino tres cuestas consecutivas que abarcan un par de kilómetros. Estacionado, desde lo más alto de la colina, calculo acelerar a fondo para descender violentamente a 130 o 190 kilómetros por hora. Lo que quiero es chocar contra algo: contra otro coche o contra ti. Examino la autopista entera y pruebo el acelerador mientras pienso que has sido muy clara: –‘Ya nunca, nunca más quiero que te atravieses en mi vida’. Apoyo mi mano sobre la palanca de velocidades mientras pienso que ya nunca habrá manera de encadenarte a mí y tenerte en mis brazos. Rápido, hago el cambio a primera.



Es lunes. Me gustaría saber qué haces. Me gustaría saber si estás sola. A cada rato dices que no sabes si podré verte cada semana y eso me desespera. Yo me conformaba con un pedazo de ti que de por eres muy chica, como enana. Así que un pedazo tuyo será como la octava parte de una pizza infantil de champiñones. Me conformo con que viajemos una vez más a alguna parte como cuando viajábamos y ibas conmigo, como una nena encantada, vigilando el funcionamiento del coche. ¿Lo recuerdas? ¿Te das cuenta que la vida acaba para ti y para desde ahora? Por eso quisiera efectuar de nuevo el descenso del río, efectuar ese viaje que nos tendrá encadenados por tres horas, uno al otro, tomados de la mano o abrazados, riéndonos mientras nos moja el agua del río, riéndonos mientras se van las horas, riéndonos mientras se va nuestra vida de pareja para siempre, como se va desencadenada el agua del río rumbo al mar, riéndonos mientras se escapa lo único que no podemos encadenar que es nuestra vida juntos. Yo te invité a viajar por el río descendiendo rumbo al pueblo en una lancha. Dijiste que sabrías hasta la noche si terminabas la tarea pendiente del descarnado aparato respiratorio con el rostro de Luis Miguel tomado de la portada de un disco y que entonces me hablarías para confirmar. No llamaste. Pero  de cualquier forma yo fui por ti, me aparecí en tu casa emocionado y te sorprendiste porque mis visitas a tu casa se habían acabado sin remedio y nos largamos a buscar la lancha inflable. El viaje al río estuvo excelente. Un viaje en el que recorrimos el río perfectamente mojados. Tardamos 3 horas en el recorrido. Al final fuimos a comer al recodo desde donde miramos aquellos muchachos viajar a bordo de unas llantas enormes. comiste, como siempre, cinco truchas, porque eres una piraña por el tamaño físico que tienes y por tus dientes. Una señora muy atenta las pesca en un estanque mientras tú, que eres una nena muy curiosa, observas la operación y rodeas mi cuerpo con tus miles de brazos y me besas, me besas diciéndome que nunca me vas a dejar solo. También, como siempre que terminas tu comida, volteas a los lados para revisar lo que comen otras personas en las mesas vecinas porque eres insaciable y por eso estás engordando. Las señoras y los niños que comen tranquilamente su sopa de mariscos se extrañan cubriendo con sus brazos sus respectivos platos –por precaución– mientras imploran ayuda a los meseros señalándote discretamente con los ojos. Los meseros no alcanzan a entender que eres la cosa señalada, no alcanzan a comprender que las señoras y los nenes te señalan por peligrosa porque castañeas los dientes mientras los ojos te brillan examinando de lejos los platos de sopa. Tu costumbre es mirar a todos golpeando los dientes entre para dar a entender que te quedó hambre. Tu costumbre es mirar a los nenes ajenos como con una revoltura de nostalgia y conformidad. Como recordando al nene que jamás fue. Al nene que ahuyentamos con espinas, al que pudimos entregarle todo y le negamos todo. Aquél que condujimos –hace meses– hacia una mesa llena de cuchillos y dejamos allí mientras la vida se nos iba a ti y a y a él, al hijo aquél que analizamos a la luz de la luna para mirarle los lunares cuadriculados, negros y blancos, que alguna vez dijimos, ¿lo recuerdas? Es el hijo que sentamos de frente a los cristales para mirar juntos –los tres– la lluvia.  Aquel que desencadenamos en el bosque: Un Hansel pequeñito, una Gretel minúscula que giraba su cuello de nena agonizante, para buscarte a sus espaldas, para verme desde el espejo, para vernos desde los últimos árboles, para mirarnos desde la mesa de cuchillos. El que soltamos de la mano todo picado de avispas, el que no pudo escapar de las víboras, el que no pudo huir de aquel disparo. No sé si lo recuerdas pero era el que en el fondo de tu vientre daba pasos de toro presintiendo. Fue el que concebimos bajo el farol solitario de una habitación oscura y que desencadenamos de nosotros para que nada nos atara. Yo le mirabas los pies, le contemplamos las manos, él nos miraba con ojos sollozantes. lo ponías de espaldas, le mirabas el pecho, le contabas las uñas, le tocabas los labios para saber si nos vibraba entonces, a ti y a mí, el corazón apolillado. Aquel hijo inconcluso me asesina: me asalta a media noche, me sigue a todas partes con un pan en la mano y una rama con una espina roja. Mientras sigues pensando en el niño que se desencadenó de nuestras manos, los meseros se preocupan, pero en vano, pues no eres realmente de peligro a pesar de que tus nuevos lentes te dan un aspecto como el de Aníbal Lecter. Me levanto con discreción para decirle al gerente que eres muy pequeña y chasqueas los dientes como con hambre o rabia pero que no eres peligrosa. Si te levantas a mirar el río desde el balcón –con la preciosa falda amarilla que deja adivinar tus formas– las señoras cubren a sus bebés temiendo lo peor, con más miedo que si acercara una gata o un tigre. Te hacen ver como diabólica los lentes azules de Batman que te obligarán a vestir sólo de azul para siempre porque no combinan con ningún otro color pero fue tu gusto de nena caprichosa. Es que eres mi adorada piraña bebé, mi amada piraña de lentes azules que quise tener para siempre en la pecera que ahora yace rota. Ya no podemos revivir este amor que sólo deja dolorosos recuerdos. Qué curioso: no deja cartas que romper, no hay fotografías ni discos que devolver. Deja sólo recuerdos amargos y un breve inventario de regalos: dos lapiceros rojos, una corbata, media cama (eso dices), un teléfono móvil, unos lentes azules, un cuadro con un ramo de girasoles derramándose. No hay ni siquiera una canción distintiva a pesar de que te lo pedí tantas veces.





Rápido, hago el cambio a segunda. Lo que quiero es chocar, acelerar a fondo sobre la autopista y chocar contra un árbol o contra ti, ahora que ya no estás conmigo. Lo que quiero es correr sobre esta carretera que es un río y chocar contra algo, contra una curva, al final de ese violento viaje que quiero que nos tenga encadenados.


Ahora te pienso mientras viajo violentamente a bordo del coche que acelera como escribiendo los últimos renglones de mi vida en una última carta. La carta escrita en el río, la carta escrita en un viaje que nos tuvo encadenados uno al otro sobre el río: ¿No extrañas los jalones de cabellos, los pleitos, los golpes en la nariz, la sangre, los regaños para que te quedaras callada cuando peleábamos? ¿recuerdas los reencuentros y los sollozos en que jurábamos que ya no habría más pleitos nunca más? ¿Recuerdas cuando, peleados, te invitaba amistosamente a que descendieras de la unidad como si fuese yo un policía? ¿recuerdas las amorosas reconciliaciones, los apasionados reencuentros después de dos o tres días de pleito?, ¿recuerdas la vez que te puse las calcetas porque hacía mucho frío mientras te extrañabas que te tratara con tanto cariño? Debes recordar que lo dijiste a la mitad de la habitación: –¿Por qué hasta ahora que todo va a acabar entre nosotros me pones cariñosamente las calcetas?
Me  lo dijiste a la mitad de la habitación, a la mitad de la cama  pública donde tu corazón se partía en dos, se repartía, un poco para ti y un poco para mí, como la pizza. Se nos desgajaba tu corazón sobre la cama, sobre la carretera en la que me besabas, enmedio del bosque oscuro donde alguna vez hicimos el amor y donde alguna vez fuimos a extraviar a Hansel y Gretel. Para ti y para se nos desgaja tu corazón, a bordo del auto, barriéndonos las luces de otros coches, pintando de amarillo nuestras ropas después de cada ruido tras las curva. Yo vigilaba a lo lejos las rápidas luces rojas y estabas excitada y húmeda, sobre tus manos y sobre tus rodillas, sobre el deseo animal que nos ahogaba a los dos mientras adelantabas tu rostro sudoroso a los cristales empañados y yo te miraba desde atrás y desde muy adentro de ti con ninguna otra mirada que la tuya. Después te ovillabas muda sobre mi pecho sabiendo que cabes en mis brazos y con temblor de amorosa pasión me cabalgabas enseguida hasta delirar y gritar y morder diciendo siempre al terminar –con ojeras y con la piel fría– que todos los orgasmos son horribles. Me llamabas por teléfono, seguías mis olores en los parques, me propagabas mariposas, me enviabas dinosaurios por teléfono cuando yo no aparecía. Para ti y para se nos desgajaba tu corazón de nena buena,  encima de los puentes, en la orilla de autopistas como esta sobre la que estoy empezando a acelerar a bordo de mi coche, en la oscura complicidad de tu casa abandonada. Abandonada como tu cuerpo abandonado en el sofá de tu sala para que yo entrara en él. Como cuando sobre el sofá yo te veía caer en el blando algodón que es el olvido momentáneo durante el cual pedías que yo actuara despacio, en el que esperas de bruces, deseosa, la embestida, el empuje de mi más duro deseo. Yo que no es fácil para ti separarnos aunque quieras hacerte indiferente. Ahora viajas en otro coche, ahora miras otros ojos, ahora vas por las calles apoyada en otro hombro, tocada por otra mano, ahora te ríes de otras bromas, ahora has hecho otro prisionero de guerra y lo guardas ilusionada bajo tu techo, ahora escondes ilusionada a otro visitante nocturno. que cuando suena la puerta de tu casa porque ya es de noche y llega el nuevo visitante, escuchas los golpes desde la cocina o desde tu recámara, la odiada perrita se inquieta y dejas de hacer tus quehaceres, dejas de hacer la comida, dejas de ver la televisión, dejas de revisar los libros de siempre, te pones tu bata azul y tus sandalias y empiezas a caminar los pocos pasos que te separan de la puerta, empiezas a recorrer la distancia que te separa del hombre que está en tu portal, separado de ti por la puerta metálica, comienzas a contar unos pocos pasos que te separan del hombre que toca tu puerta y que ha llegado en un coche que suena diferente, un hombre al que absolutamente no le importas (tú misma me lo dices), un hombre que no tiene reloj y llega tarde a todas partes. Yo te lo pedí siempre al temer perderte cuando sintieras de cerca una ilusión distinta a la ilusión que yo desperté en ti, siempre te lo pedí:

–No hables con extraños.
dime si no es cierto: ¿No te lo dije, no te pedí que no hablaras con extraños? Te lo dije porque con esa advertencia quería protegerte, defenderte de todos y defenderte del nuevo visitante nocturno que ahora debe estar tocando con insistencia tu puerta. En el fondo ruegas que sea yo el que acaba de llegar, ruegas para que por un momento siquiera sea mi figura la que se recorte de pie sobre la banqueta, quieres que sea yo el visitante pero sabes que ya nunca será igual, ya sabes que ya no habrá las bromas que tantos años nos unieron, la intimidad que nos cobijó tantos años, pero el visitante no soy yo y estoy seguro que eso es para ti un desencanto. que mientras caminas esos pocos pasos que te separan de la puerta te gustaría que fuese yo el que se aparece y te un beso y te levante girando por los aires como antes. Te gustaría que sea yo besándote y peleando contigo a causa de la perrita espantosa que se acerca a husmeando y mordisqueando mis tobillos y que aborrezco porque ladra en el momento menos oportuno. Nena, ¿verdad que el suyo es otro aliento, verdad que es otra la textura de labios, verdad que es diferente la boca, verdad que es un brazo distinto, verdad que es otra la risa que inunda tu casa? ¿No es cierto que son otros los pasos sobre la banqueta, no es cierto que son otros los besos, no es cierto que es otra la manera de llamar a tu puerta? ¿No es otra la camisa, la forma de manejar, de reír, de bromear, de estar solos? ¿verdad que no te dice Nena linda, preciosa y encantadora’? Dímelo por favor, ¿ver- dad que su cuerpo pesa lo mismo que el mío pero de una manera muy distinta? Dímelo, dímelo, dímelo a como me dijiste al separarnos:

–Te voy a extrañar. Me voy a sentir sola.

Pero parece, al cabo de pocos días, que estás ya acostumbrada a sentirte sin mí como si nuestro violento amor de tantos años, lleno de uñas y dientes y saliva y cabellos y pleitos y besos, se hubiese acabado para siempre. ¿Realmente se acabó todo? Dime que no. Háblame para decirme:

–Te amo.

Háblame, por favor, para decirme al oído una broma que es nuestra:

–Quiero verte la cara.

Háblame por favor para decirme:

–Eres tú quien me importa.

Háblame para que de nuevo descienda yo en ti, para que de nuevo penetre yo en ti como siempre, como si no hubiese pasado nada, para que de nuevo te abandones y te entregues a con la pasión con que me dabas todo. Háblame para que de nuevo pueda yo comerme tus senos llenos de leche y miel, tu piel llena de aceite. Háblame para beberme tu saliva llena de vino. Háblame para que pueda yo comerme tus piernas absolutamente abiertas y devorar –durante un mes, por favor, sólo durante otro mes– tus entrañas más íntimas llenas todas de sal, para que de nuevo yo me llene de tu sangre y tus huesos y tu olor y tus vellos, para que como hace cinco años empecemos de nuevo el juego de esta pasión imbécil que no se apaga nunca, para que de nuevo empecemos a hacer el amor como la nena principiante que eras hace cinco años. A pesar de que decides acabar con todo, siento por un momento que te esfuerzas por tender un último puente inútil entre nosotros dos cuando te interrogo por qué llegaste a las diez y media de la mañana si habíamos quedado de vernos a las nueve. Yo me imagino lo peor –que al mismo tiempo es lo mejor para darme fuerzas y odiarte y acabar de una vez con todo–: Me imagino que te quedaste haciendo el amor con tu nuevo visitante nocturno en el mismo sofá donde lo hacías conmigo. Yo quiero que me confieses los detalles íntimos más escabrosos para empezar a odiarte pronto con razones fundadas:

–¿Lo has besado en todo el cuerpo y no sólo en la boca?

Me das a entender que sí. Sugieres que estuviste con él en la misma cama que estuviste conmigo y te justificas explicando un desquite:

–Es que tú andas con otra.

Y cuando por  última vez te dejo a una cuadra de tu casa, siento que deseas decir que no es cierta mi sospecha y que realmente te quedaste mirando la televisión y que esa es la única causa de tus ojeras, de tu desvelo y tu impuntualidad. Bajas del coche y, asomándote a la ventanilla, intentas aclarar algo temiendo una definitiva ruptura entre nosotros:

–No tengo por qué explicarte pero anoche estuve viendo películas hasta las dos de la mañana. Por eso llegué tarde. A él no lo he visto desde el miércoles.

Siento que es un último y contradictorio intento tuyo de no romper para siempre conmigo y para tener de vez en cuando dos prisioneros juntos: un último guiño tuyo para no terminar y para volver a platicar el lunes a como yo te lo pedía con insistencia. Siento también que es demasiado tarde y, llorando, decido empezar el viaje que ha de encadenarme para siempre a ti y tomo la autopista.

Rápido, hago el cambio a tercera muy cerca de la curva. Acelero todavía más en este viaje instantáneo en que busco encadenarme a ti mediante la trampa de dejarte ya en paz para siempre: libre con tu nueva ilusión. Una ilusión fugaz que es un planeta triste en el que te engañarás pensando que ya tienes otra pareja que será sólo tuya y cuyos brazos van a abarcarte mientras duermes, en el que te engañarás creyendo que ya no vas a vivir sola. No te engañes, realmente no le importas. Te dejaré ya en paz mediante la trampa de ya no llamarte por teléfono para no hacerte sufrir, no hacerte llorar, ya nunca lastimarte. Acelero más y más. Oigo el ruido rasposo de los primeros arbustos resistiéndose. Pasan veloces a mi lado los primeros árboles móviles mientras destroza violentamente el parabrisas, con sólida violencia de astillas, el único árbol fijo que hay en la curva que me espera.

Twitter @WenceslaoXalapa